sábado, 2 de junio de 2018

Las dos orillas


El mar no siempre devuelve a sus víctimas. Se sabe de una tierra incógnita, más abajo de cuando las aguas convierten las profundidades en interminables; es un territorio sereno, sagrado, que espera a todo navegante de la vida con su parcela reservada. Si quiere.
            Nadie merece morir, y quizá para eso la única alternativa sea no venir a este mundo, pero esa es una opción que se nos concede fuera de plazo, y aunque el viaje de vuelta sea cosa de cada uno, o de las circunstancias, a ninguno le debería ser negado cómo quisiera formar parte de la eternidad, o de lo que haya, porque, y hasta incluso para un paseo por la nada tal vez exista un catálogo.
            El campesino, que para su noche más larga deseará formar parte de esos campos en los que ya se dejó todo el sudor a cambio de grano. El aviador, que no aceptará otro destino que ser aire en cuya libertad continuar escogiendo dirección, aunque los vientos se empeñen en lo contrario. Y aquel que iluminó las umbrías del camino sólo con su presencia; y avivó, si no encendió, la tímida llama de en quienes encontró lealtad cuando las tormentas del ánimo amenazaban dejarlos a oscuras, perseguirá seguir siendo fuego.
            Porque sucede que al igual que el mar, tampoco la tierra ni el aire ni el fuego devuelven siempre a sus víctimas. Son esos cuatro elementos de la naturaleza que giran en torno a un ojo —el ojo de Dios, esa entelequia que siempre está ocupada en alguna parte donde no es necesaria— los que hacen el trabajo. Y nos arrebatan a quienes no han de volver. A los elegidos.
            Pero hay un infierno para los otros, para los olvidados, y su castigo es seguir entre nosotros. No lo hay peor. Asustados. Condenados sólo a compartir los instantes más oscuros, cuando creemos que a nuestro miedo le ha salido un póker de ases y el frío nos acaricia la nuca. Pero son ellos. Se dejan abiertas puertas por las que no pueden huir y nosotros recordamos haber cerrado con tres vueltas. Buscan soluciones en libros que se les escapan entre lo que ya dejaron de ser manos, libros que tras sobresaltarnos con un trueno encontramos por el suelo. No se reconocen en las fotos, y el invierno de su mirada estalla el cristal cuyos trocitos recogemos tras la medianoche sin fijarnos en que nos están mirando con envidia, porque nos hemos cortado un dedo y a ellos dejó de llorarles la carne. A menudo el espejo los ve, pero lo del espejo no sirve porque a nosotros no nos importa el reflejo de la realidad, ni siquiera el nuestro, por eso escogemos las horas de enfrentarnos a él. Cuando sabemos que le incomoda mentirnos.
            Las leyendas hablan mientras algunos viejos, merodeadores ya de las tinieblas, sonríen con pasadizos entre su dentadura. Las aldeas niegan mientras sus ocupantes encienden velas y entreabren las ventanas para que la culpa sea del viento. Se colocan talismanes en el exterior de las puertas que por dentro tienen trancas. Cuando el día apaga la luz, se estiran las noches para invocar a la lluvia que no pare y así el amanecer no tenga huellas. Y se destierra a los gatos por las calles para que hagan su ronda a partir ese momento en que la claridad de las farolas deja de ser suficiente.
            Pero nada funciona. Nada las detiene. Son las ánimas de nuestros terrores, las que mientras dormimos y el perro se esconde bajo la cama, nos susurran al oído que hasta el último viaje puede salir mal. Porque algunos, los sin suerte, sólo mueren a medias. Son mártires de una chapuza, desgraciados que nos asustan porque se aparecen sin garantía de que no nos convirtamos en cualquiera de ellos.
            Aunque, quién sabe, de los elegidos no hay noticias.

Oscar da Cunha
2 de junio de 2018