miércoles, 17 de mayo de 2017

UN VASO DE AGUA

            De esto hace ya… Vaya, no lo recuerdo. Supongo que paseaba por esa estúpida edad predestinada a convencerte de que ya no te queda nada por aprender y miras con cierto desdén a los que lucen canas; te preguntas por esa sonrisa condescendiente que te dedican, y por qué atractivo pudieron verle a las hebras blancas para ser tan ambiciosos con su propios errores. El tiempo no lo cura todo, es un tramposo que simplemente te permite que vayas apostando por las más arriesgadas elecciones personales; de vez en cuando hace una pausa para que abras el cajón de tus momentos oxidados y compruebes que todos aquellos cretinos que se equivocaron llevaban tu cara. Si vas entendiendo este juguete al que se le llama vida, empiezas a admitir que ninguno de ellos ha sido prescindible; somos otra más de esas especies animales que no aprende con consejos sino con sopapos. No se pueden hacer retoques en el pasado pero, salvo que en lugar de a través de parto natural seas uno de los escogidos de entre el catalogo de los reincidentes, todavía te quedan opciones para continuar hacia el fin de curso sin haber causado más daños que los de a ti mismo, y eso ya es un éxito.
            No, como decía no recuerdo cuándo pero sí cómo. Y con los años entendí para qué. Creo que fue por aquella época en la que empezábamos a descubrir las ventajas de la telefonía móvil; cuando te llevabas el aparato del salón a tu almacén de futuros testigos de yo también fui joven, y cama, porque ya te habían instalado clavija para enchufarlo. Se acercaba una de esas borrascas del Cantábrico que tanto presumimos de disfrutarlas los del Norte mientras soñamos con el Sur. Carecíamos de los modernos teléfonos inteligentes que la anunciasen y echábamos mano de nuestra propia inteligencia; al fin y al cabo, la misma que utilizaban nuestros compadres de las cavernas para decidir quedarse dentro, haciendo monigotes en las paredes mientras esperaban a la invención del paraguas: Observar el mar. Se había encendido en modo entra si los tienes bien puestos, y yo me encontraba en esa edad en la que lo mejor que tienes puesto es el a mí con esas.
            Preparé mi vieja tabla; por aquí y entonces sólo las había de importación y viejas, y la experiencia que ellas traían de otros mares era la única parte del precio que no podías negociar. Se hacían de querer, les dedicabas tanto tiempo dentro del agua como fuera. Ahora no. Ahora cualquier remiendo te lo apaña uno de esos vagos que se piensan que saben vivir por dedicarse a lo que les gusta con tiempo libre para los que quieren. Te atienden desaliñados de cualquier manera porque para buenas maneras les basta con las que llevan en la mirada; y tú te sacudes el polvo de la americana, no al salir, sino aún dentro de su chamizo con tal de no llevarte nada de esa mierda que sólo sirve para envidiar lo que te falta por haberte dedicado a todo lo que te sobra.
            Lo reconozco, me decidí a entrar sin la suficiente decisión y empecé a remar despacio. Dentro del mar a veces hay que confiar en la suerte, y darle tiempo hasta que se presente con una sólida excusa que te convenza de que sólo te has dado la vuelta para que no se te moje el tabaco. Y entonces apareció aquel tipo. Me alcanzó con la insolencia que conceden los restos de donde antes no faltó tanto pelo y demasiadas arrugas para una vida sin riesgos, que para eso tenemos sólo una y la libertad de por qué merece la pena jugársela. No le costó entender mi cara, me señaló ese horizonte, a menos de trescientos metros, donde las olas alcanzaban suficiente altura como para quitarle la roña a las puntas del tridente de Poseidón. Y me soltó con una sonrisa mientras se encogía de hombros:
            —Sólo es agua.
            —Sí, pero un par de mareas más de la que se necesita para ahogarse —le contesté.
            —Eso lo sabe una parte de ti, la misma que también se puede ahogar en un simple vaso de agua; ahora utiliza la otra.
            Remamos juntos, y dado que sigo por aquí, supongo que todo salió bien y al resto de la aventura no le tengo que añadir bajas. No lo recuerdo. Los chicos de tu cabeza que se encargan del mantenimiento de tu memoria hacen cosas muy raras; desprecian las circunstancias que alguna vez te pusieron al límite, pero no olvidan las palabras que te convencieron de que nunca debes ser tú quien se ponga límites.
            Han pasado los años y sigo bailando olas, aunque mucho menos y peor. Y la vida me sigue trayendo mareas en las que tengo que tomar decisiones. Entonces, me siento en mi esquina favorita —la mesa necesita una mano de pintura, pero mi mujer sabe que yo necesito que le falte y lo respeta—, coloco un vaso de agua y me dispongo a decidir qué parte de mí voy a utilizar. Sé que una sólo sirve para sobrevivir y es únicamente la otra la que me hace sentirme vivo. Tal vez los otros chicos de mi cabeza, los que se entretienen jugando con mi sensatez, anden un poco averiados, pero siempre termino haciéndoles caso porque saben que a mí nunca me ha interesado sobrevivir.

Oscar da Cunha
16 de mayo de 2016