lunes, 1 de mayo de 2017

ROSALEDA



             Conduzco y es por una vieja carretera; de esas, de las buenas. Uno de los muchos olvidados surcos de asfalto que el paisaje ya no recuerda cuándo lo admitió como suyo. Con insinuantes curvas, como las montañas que rodea y que para eso son hembras entre las que también merece perderse. No sé qué día es ni me importa porque trabajar no toca y voy despacio. Sólo utilizo las autopistas cuando los números del calendario están en negro y yo necesito jugar sucio por intentar ganarle la partida al tiempo, o porque tengo que sacrificar el recorrer por el llegar. El fin nunca justifica los medios, pero lo utilizamos como consuelo ante nuestra escasa imaginación para encontrar una buena excusa, aunque lo que nos falte sea valor para no necesitar excusas.
            Las ventanillas van abiertas y el aire entra con ese aroma a no tengo prisa. La compañía no es la mejor porque sea la de siempre, sino que es la de siempre porque aún recuerdo que tuve suerte y encontré a la mejor. La radio suena suave para que no haga falta perturbar la apacibilidad por un: ¡Mira ya han llegado los primeros vencejos! Y el sol tiene que hacer virguerías para esquivar las nubes atrapadas en la cuenca de ese río…, ¿cómo se llamaba? No me he sentido atraído por el letrero al pasar, seguramente algún cronista lo bautizó en honor a cualquier personaje histórico sin advertir la belleza natural que contenía; mejor, porque nosotros, que lo recorremos con los ojos abiertos, le pondremos uno de esos nombres que ya llevamos guardados en la memoria esperando a que el rincón aparezca.
            La radio emite esa canción y ella sube el volumen, un poco; siempre lo sube un poco después de que yo ya lo haya hecho, como ese pequeño toque de azúcar que la naturaleza delegó en nuestras manos para que la fresa del bosque consiga saber perfecta. Me pregunta si la recuerdo y yo le sonrío porque sonaba durante nuestra primera cita, no en el momento que nos conocimos sino al día siguiente, cuando empezamos a repetir, y llovía. No tengo edad para desperdiciar las ocasiones, paro el coche y le pido baile.
            Se me ha hecho tan corto mientras ya se despide la guitarra y yo intento cambiarle  un beso por… Un beso no se puede cambiar por nada, que para ensuciarlo ya tuvimos a un Judas.
            Y es entonces cuando veo que no estamos solos. Ese pequeño hueco en la ladera se ha llenado de coches aunque no sean más de cinco, y son otros tantos pares de abrazos los que ahora nos sonríen. Parejas con tinte en el pelo y canas. Me cae bien la escotada sonrisa del calvo, a mí nunca me salen así y sin pelo acabaremos todos. Intercambiamos miradas que no necesitan palabras, y huele a rosas pese a que no estén pero las cicatrices nos delatan. Nadie dijo que fuera fácil pero qué bonito es haber llegado con la intención de reincidir.
            Nos montamos en el coche y creo que ya le hemos puesto nombre al paraje, le llamaremos Rosaleda que es sinónimo de eso tan bello precisamente porque a veces también duela: Enamorarse.

Oscar da Cunha
1 de mayo de 2017