viernes, 15 de julio de 2016

Ya que no lo es… que lo parezca.

  Camino despacio y no estamos para desperdicios. Acaba de salir el sol y sé que decidirá tomarse su tiempo antes de volver a dejarse ver. Ya va avanzando el mes de julio, pero en esta esquina del Cantábrico, los que lucen bronceado vienen de afuera. De cualquiera de esos afueras en los que verano es sinónimo de: ¡Qué bien se está en la sombra!
            Tengo los deberes del día terminados, o sea que a medias, y eso para mí hoy es lo mismo.
            Son las… bueno, hoy también da lo mismo, el caso es que por aquí hay unas horas durante las que los comercios echan la persiana asumiendo que sus clientes prefieran una siesta a revolver entre sus estanterías antes de salir huyendo, el pretexto del mal clima también afecta a esas tiendas donde antes comprobaban si la bombilla alumbraba previamente a  envolvértela.
            La calle está en silencio hasta que los primeros compases de ese ritmo escapan por una puerta. Me paro, sólo unos segundos y miro. Me sorprende que no sea un chino —esos no cierran nunca—, se trata de un bar y mi desvergüenza no me da para contonearme en mitad de la acera, aunque sólo me mira un perro que sonríe porque también debe ser de mi década, y recuerda cuando algún amo bailaba con él ese Billie Jean que no hemos tardado en reconocer.
            Ya no consigo parar mis pies y entro. El barero se apoya en la barra, es lo que tiene más a mano para no caerse por la risa ante mi extravagante imitación de Michael Jackson.
            —¿Qué tomas? —consigue preguntarme entre carcajadas.
            —Eso. —Y señalo la pantalla. Que ha dejado de ser uno de esos cristalitos por los que nos asomamos a esta mierda de vida y donde ahora lo veo a Él, y también compruebo que yo no pasé por esa edad con la idea de no volver.
            —Era un artista único —me dice.
            —Lo sigue siendo —le suelto—, los artistas nunca mueren hasta que nosotros les acompañamos. Sería una crueldad pensar que nos van dejando solos.
            Quiero compartir el momento y llamo a mi mujer. Estará a la vuelta de la esquina, porque no sé cómo lo hace pero siempre está a la vuelta de mi esquina.
            —¡Ven! —y le cuento.
            —¡Voy! —y me responde. Su voz suena animada a través del teléfono—. Estoy a la vuelta de la esquina.
            El local se encuentra vacío, aprovechando ese entreacto entre los últimos vermús y los primeros cafés. Josema (ya nos hemos presentado al descubrir que las canas que nos repartimos no son más que ese camuflaje que utilizamos para fingir que la vida nos ha enseñado a ser más humanos) también abandona la barra, y ya somos tres los que intercambiamos sonrisas viajando hasta un tiempo que tal vez no fuese mejor pero llegamos a conseguir que lo pareciera.
            El video termina pero Josema lo repite una, dos veces…
            Al cabo entra un cliente. Debe ser un habitual de piedra que reclama su carajillo con sangre y pide que le pongan el informativo, ese que hoy, otra vez para variar, nos sacude con las imágenes de más de ochenta inocentes cuyos corazones todavía seguirían palpitando si a un verdugo no le hubieran tachado la palabra convivencia de su diccionario.
            No lo quiero ver, y con un gesto me despido de Josema. No estoy dispuesto a seguirles el juego a esos fanáticos, conmigo que no cuenten para vivir con miedo ni para malvivir con odio.
            Me siento en el coche y recuerdo que tengo el mismo disco. Lo introduzco en esa ranura dentro de la que debe de vivir un señor que se encarga de que la canción repita, y miro al cielo. Michael Jackson está actuando en directo y todos imitan esos pasos en los que parece que no hay suelo, le han encargado convertir la eternidad en un baile.
            Se me escapa una sonrisa torcida, pero quizá no soportaría este mundo sin mi imaginación.

Oscar da Cunha
15 de Julio de 2016