domingo, 7 de febrero de 2016

LEYENDAS DEL MOBY-DICK

            Recuerdo que allí conocí a Faulkner mientras agonizaba. Me costó admitirlo, pero terminé comprendiendo que existía una Nueva York desde donde se podía escribir poesía como solo Lorca era capaz de convertirla en un pedazo de alma. Y creo que fue en una de las estanterías más altas donde Grahan Greene mantenía escondido a aquél falso espía en la Habana del que aprendí que la vida nos reserva la ironía de que no es necesario ser algo, a veces basta con saber aparentarlo. No se me olvidará ese día, juraría que era una calurosa tarde de julio que amenazaba tormenta, y a la propietaria, doña Eulalia, se le ocurrió presentarme al mejor cartero que he conocido. Miguel me enseñó algo mucho más difícil que atravesar el verano siberiano, algo para lo que mi limitada edad resultaba imposible como era esquivar el reconocimiento de una madre, y otro algo que descubrí años más tarde: que esconder los sentimientos hacia quien amas no puede tener más que un motivo, y el de Strogoff me pareció admirable pero sigue sin convencerme. Con su padre, con Verne, entablé una amistad que aún permanece. ¿Con quién si no podría conocer los misterios que esconden la profundidades de los mares, saber que desde el centro de la tierra también se ve el sol, y permitirme dos largos años de vacaciones?
            No, aquello no era una librería, como todas las que hoy luchan para sobrevivir, era un gimnasio de la mente que me enseñó que vivir sin soñar sólo es vivir a medias, y así, de la mano de Don Pío comencé mi busca particular que aún mantengo. Y gracias a los consejos de Stevenson supe que el tesoro no se escondía en la isla perdida de un mapa, el verdadero tesoro consiste en construir con sencillas palabras cualquier continente ignoto en el que ambicionemos perdernos entre la niebla de Unamuno, y con las luces de bohemia que encendía Inclán, volver. Volver no sólo para quedarse a compartir con Alberti la añoranza de un marinero en tierra mientras recitamos a trío con Neruda los versos del capitán, porque los descansos simplemente merecen la pena para tomar aire antes de lanzarse a una nueva búsqueda del tiempo perdido que Proust ya nos sugería que podríamos encontrarlo recorriendo el camino de Swann.
            Pero doña Eulalia, la anciana propietaria, estaba convencida de que la eternidad existía, y una mañana que yo no quise ver, la encontraron dormida en su anticuado sillón, junto al mostrador. Con los ojos para siempre ya cerrados y entre sus manos ese caminante de Hesse en el que espero haya encontrado la ruta adecuada, para que ese día en el que yo también me pierda pueda localizarla, quizás esperándome en un banco, dispuesta como acostumbraba, a orientarme por ese largo viaje en el que Dante consiguió que la comedia se convirtiera en divina.
            Ser heredero no implica heredar el espíritu, y así se lo hicieron ver al notario ante el que se frotaron las manos los suyos. La oferta para degradar ese viejo templo en un bar de copas implicaba convertir sus fatuos sueños en impertinentes realidades, y para los beneficiarios, la única tinta que no suponía un malgasto fue la que contenía el bolígrafo con el que, y cuentan los mentideros, hubo tortas para rellenar de firmas un contrato que terminó oscureciendo una fachada sin otra luz que la que es capaz de prostituir un empañado letrero de neón.
            Ahora, el local goza de mala fama. Se dice que en él preparan un misterioso brebaje alucinógeno para añadirlo disimuladamente a todas las consumiciones, y es habitual escuchar a clientes que afirman haber compartido mesa intentando conseguir los favores de Emma Bovary. Pero ella siempre espera silenciosa hasta las seis de la tarde, y entonces se le ilumina la mirada al contemplar a través del espejo situado tras la barra la eterna sonrisa de Dorian Grey, que nunca falta a la cita con su té diario. Otros, aseguran conocer enigmáticos detalles sobre el abate Faria que sólo el propio Dantès, cuando amparado por las sombras y acudiendo para refugiarse de la lluvia, se anima a desvelar tras invitar, a un cada vez más escogido y reducido grupo de trasnochadores, a compartir una copa de ese Hennessy que la casa trae en exclusiva para él. No faltan los mentirosos que presumen de haber conseguido una insinuante sonrisa de Lolita mientras pícaramente se sube las medias aprovechando cualquier descuido de Nabocov firmando autógrafos. Y he oído contar de algunos osados que pretenden enseñarle un nuevo exabrupto que no figure ya entre el amplio repertorio de ese loro que aparenta formar parte de la decoración del club; no son más que ignorantes que salvan su vida porque Long John Silver confía mansamente día y noche en que Robert Louis le mantenga en su discreto y cómodo retiro, sabedor de que sus posibilidades de gozo en el otro mundo son harto escasas. Los que más traspuestos abandonan el local afirman reconocer en la voz de Carroll las indicaciones para encontrar el camino hacia su casa: "Empieza por el principio; y sigue hasta llegar al final; allí te paras."
            Pero no son leyendas de borrachos de pueblo, ni siquiera una estratagema de los propietarios del Moby-Dick, que en un fin de semana de fiesta en Madrid tuvieron el ingenio de piratear el nombre para su vulgar chiringuito, despreciando así la paciencia de Melville, que no eludirá la ocasión más propicia para enviar al capitán Ahab con claras instrucciones en la hoja de navegación del Pequod con el fin de hundirlo, gracias a un certero golpe, en la parte más débil de su línea de flotación.
            No, no son leyendas de noches de copas y mañanas de resaca. Porque vosotros igual que yo, sabéis que ni los grandes creadores ni sus personajes renuncian al lugar donde hemos tenido el honor de descubrirlos. Y aunque intenten destruir el escenario, volverá ese día en que el viejo telón vuelva a levantarse, y ante nuestra fascinada mirada comprobaremos que nunca nos han abandonado.

Oscar da Cunha

7 de febrero de 2016