sábado, 9 de enero de 2016

EL REFLEJO DE LA REALIDAD (DADILAER AL ED OJELFER LE)

A menudo me pregunto quién inventó la realidad y con qué intenciones. Me gustaría abordarlo y que me explicara para qué me sirve el anverso de un espejo que sólo me devuelve la imagen de lo que soy y no de cómo me gusta imaginarme. Que me contara por qué llueve cuando yo veo sol, por qué me cruzo con tantas caras tristes si yo salgo cada mañana buscando sonrisas. Que me resolviera… tantas dudas. ¿Quién le ha concedido el derecho para cambiar mi fabricada realidad por otra más coherente pero que no me conviene? Ese chapucero, que también comete errores, me podría dejar en paz, olvidarse de mí y no insistir en instalarse en mi cabeza para que sus absurdas manipulaciones dejen de confundirme. Porque uno no prepara sus figuras de marfil, les saca brillo y cuidadosamente las coloca, para que venga él y me cambie el tablero de blancas y negras por esa estupidez que llama vida.
           
            Fue el otro día, cuando un coche en doble fila me impedía desaparcar el mío y continuar con mi desquiciada rutina. Nada que habitualmente no se solucione con par de bocinazos y algunos minutos de paciencia, pero la mía viene de serie con un periodo muy corto. Y como algunos oídos parecen estar programados para percibir, entre el alboroto de la ciudad, el exclusivo canto de su vehículo, me bajé para… ¿Por qué me bajé si ya conocía ese coche? ¿Por qué intenté abrir su puerta si ya sé que siempre la cierra con llave? ¿Por qué me quedé esperando cuando sabía dónde localizarlo? La culpa siempre la tienen las prisas, por eso no pensé que ese chapucero manipulador del que hablaba al principio se hubiera vuelto a equivocar confundiendo los cables. Azul con azul: por ahí va la realidad; rojo con ojo: fantasía; y la toma de tierra…, bueno en eso estoy de acuerdo con él, mejor que apunte hacia las estrellas, hay más masa.

            Por fin apareció el conductor doblefilista y le saludé por su nombre ignorando su mirada cargada de desdén
            —Ya va para un ratito…—le dije—. Podías estar más atento.
            —La culpa es tuya —me contestó—, si no te fijas en los detalles, si no revisas los textos, pasan estas cosas, y no me vengas con la coartada de que ayer anoche terminaste muy tarde y no tuviste tiempo. Llevo aquí horas de plantón esperando a que vuelvas al teclado.
            —¿O sea que no lo vas a mover?
            —Tú sabrás, ¿te has traído el ordenador?
            —No, llevo la tablet pero no he actualizado el archivo. Lo de ayer se ha quedado en casa.
            —Pues mira — me soltó desafiante—, que se lo lleve la grúa. Además, para la mierda de coche que me has puesto…
            —Hombre, con el sueldo que ganas, ¿qué quieres? un Ferrari. ¡No! —Hice un gesto con la mano—. No encajaría en el guión.
            —Pues cambia el puto guión y dame otro nivel de vida.
            —Ya es tarde, voy por la página sesenta y dos. Eso hay que hablarlo al principio.
            —Excusas de escritor, no me has dado ninguna oportunidad. Hasta la página veintinueve yo no aparezco.
            —Ella es el personaje principal, es lógico que…
            —De eso también quería hablar. ¿Podrías retocar algunas escenas? Ya sabes, centrarte un poco más en el decorado, la luz que entra por la ventana, esas chorraditas que definen mejor del ambiente. Te veo demasiado… entusiasmado con ella. Y no te olvides de que es mi mujer.
            —Exageras, no es más que texto, palabras combinadas que cobran vida en la imaginación.
            —¿Crees que me has casado con una fantasía?
            —Me temo que tú también lo eres.
            —¡Ven, acompáñame! —Me cogió del brazo, justo durante los metros que nos separaban de un comercio en cuyo escaparate había un espejo—. Mira, ¿a quién ves reflejado?
            —A ti, sólo a ti —le contesté, pero quizá mi voz también la imaginé.
            —Eso pretendía demostrarte. Tú estás en la parte trasera del espejo, la que no devuelve ninguna imagen, la que nadie ve. Ahora ya sabes en qué lado está la realidad, recuérdalo esta noche y esmérate con esos arreglillos. El público es exigente, prefiere ver un buen coche, un tipo bien trajeado con un curro de los que dan envidia. ¡Ah! y lo de mi mujer en la página cincuenta y tres lo borras. Verás, no es que me sienta celoso, pero hay ciertas intimidades a las que tú no estás invitado. Ya lo siento, si algún día quieres dejar de ser una fantasía y pasarte al lado real, ese que recuerda la gente, escribe tu biografía.

Oscar da Cunha

9 de enero de 2016