miércoles, 3 de junio de 2015

EL BARQUITO DE PAPEL

Nunca me han dado miedo las tormentas. Mejor dicho, nunca me han dado miedo los espectáculos que nos regala la naturaleza, incluidas las tormentas. Quizá sea por este caprichoso clima en el que me ha tocado vivir que acostumbra a pararse y arrancar de forma violenta en todas las estaciones y apeaderos, con billete de ida y vuelta, sin cambiar de las mismas veinticuatro horas.  
Pero a partir de la del otro día… Y ahora, en cada una que vuelva a venir, intentaré buscarlo a él sabiendo que no lo volveré a encontrar, porque hay errores para los que la vida no te da segundas oportunidades, es su cruel manera de enseñarnos dónde deberíamos haber puesto el eje, el punto de atención que produce ese desequilibrio entre el detalle y la esencia. Y a veces, esas veces que no vienen con marcha atrás ni tecla de suprimir, por ser el tipo listo que pretende ponerse el traje de héroe del detalle, terminas convertido en el canalla que despreció esa esencia. Porque, ¿quién iba a imaginar que hay momentos en los que la esencia sólo puede agarrase a ti? Y el detalle… el detalle no tiene ningún valor por sí mismo si está perdiendo la esencia de la que depende.
            Más de dos horas comprendiendo lo que soportó Noé y tocaba abrir la puerta y salir del coche. ¡Maldita cuesta en la que encontré hueco para aparcar! Si yo no hubiera sido el destinatario de ese hueco…, pero echarle la culpa al destino es como ponerle una denuncia a Rolex porque a tu día le ha faltado esa hora que has desperdiciado intentando convertir el rabo del gato en su quinta pata.  
Atravesé la cortina de agua para refugiarme bajo el saliente del balcón del primer piso. También podría culpar a los arquitectos, los días de lluvia sólo deberían construir edificios con ventanas. Y me detuve. La acera era estrecha, demasiado estrecha, ¿en qué piensan los de urbanismo? Y entre aquel niño y yo no mediaba más de un metro. El suficiente para ver como se empapaba —justo con sus pies en el bordillo mientras miraba perplejo cómo, a su barco de papel, se lo llevaba el torrente que no era más que un afluente del río en que se había convertido la avenida donde desembocaba la cuesta—, pero no el suficiente para discernir entre el detalle y la esencia. Corrí tras el barquito y me sentí como un guardacostas intentando atrapar aquella planeadora que, por la velocidad de la corriente, parecía estar equipada con más caballos que la duquesa de Alba. Terminé la cuesta, y doblaba la esquina cuando me desentendí del golpe seco que sonó a mi espalda y, por fin, en la avenida, la rueda de un vehículo aparcado me convirtió en el superhombre que iba a devolver al niño su barquito.
Subí despacio la pendiente, con sonrisa de triunfador entre la gente que con la desolación en sus caras tampoco corría por intentar huir de la lluvia. El cuerpo del niño estaba inmóvil, tendido sobre una corriente de agua incapaz de seguir mojándolo, con sus ojos negros mirando hacia un diluvio que ya no podía ver y bajo una tormenta que para él duraría la eternidad. Un automóvil abandonado con la puerta abierta en el centro de la cuesta y su conductor con lágrimas desesperadas junto al chiquillo.
—Se me ha echado encima, de repente, ha saltado justo delante del coche y con este suelo empapado he patinado. ¡No he podido hacer nada para evitarlo, nada!
Con un rápido gesto escondí la mano dentro de mi chaqueta, la mano que portaba el barco de papel, el detalle. Cuando, frente a mí, la mujer a la que ya no le importaba que la compra del día no supiera nadar, repetía con labios temblorosos.
—Yo tampoco he podido evitarlo, lo siento pero no he podido. Sólo le he escuchado gritar: “¡No, déjalo, déjalo!”. Pero esta maldita cuesta, el peso que llevo y mis piernas…
De fondo llegaba, entre el tumulto del agua golpeando el suelo, el sonido distorsionado de una sirena. Una inútil sirena al rescate de una vida ya perdida. Un niño, la esencia, que hacía escasos minutos se desentendía de su barco mientras yo era incapaz de entender que no había sido el mundo sino yo quien había decidido desentenderse de él.
Volví a mi coche y me senté llorando vinagre, incapaz de recordar para qué había aparcado allí pero comprendiendo por qué. La vida se alimenta de pequeños detalles, la muerte le imita. Y entre detalles la esencia cambia de bando.
Saqué el barquito y lo deshice desplegando el papel. Con tinta roja y letra infantil encontré un pequeño texto que se convirtió en sangre sobre mis manos.

Navega barquito, navega libre, te digo.
Recorre el mundo y vuelve para contarme lo que has visto.
Que nadie te pare, que nada te hunda.
Yo te esperaré siempre, a este lado de la tormenta.
Hasta convertirme en el capitán que sueño.
Para ir contigo a ese puerto donde viven las sonrisas.

Navega niño, navega libre, me dirás.
Pero no recorras mundo, recorre personas.
Porque en ellas están los puertos que sueñas.
Hasta que nada se pare, hasta que nadie se hunda.
No seas capitán de barcos, sé capitán de orillas.
Porque en ellas se duermen las tormentas.

Oscar da Cunha

3 de junio de 2015