sábado, 4 de abril de 2015

EL DESEO

Es un lugar de la vida de cuyo nombre nadie debería olvidarse.

—Padre, vengo a que me absuelva de todos los pecados de los que no me arrepiento.
         Arrodillado ante la celosía del confesionario no pudo evitar que sus palabras se quebraran, que sus ojos se llenaran de ira y la venganza oculta continuara apretando sus grilletes con ansiedad.
         —Lo siento, has elegido un mal momento —sonó una voz en el interior—. Yo no soy el cura, soy el pintor y he venido para barnizar la madera.
         —Ni yo soy creyente, padre, soy su hijo.
         Un asombrado individuo en el que resultaba imposible apreciar el fondo blanco de su buzo de trabajo y por cuyo colorido amasijo de manchas se pagaría una fortuna en cualquier galería de arte abrió la puerta y salió del confesionario. Se quitó la gorra y, mesándose las tres canas que aún conservaba, miró al muchacho que continuaba arrodillado sobre el reclinatorio.
         —No sé que te habrás metido, chaval; pero esto es la iglesia del pueblo, yo sigo soltero y nunca he tenido hijos.
         —¿Y los alivios qué? —preguntó el joven poniéndose en pie.
         —Pues como todos los de por aquí —saltó encogiéndose de hombros—. Al Gallo Rojo, el que está en la curva de la carretera con el letrero luminoso. Allí las hembras…
         —Me refiero al otro tipo de alivio. ¿Se acuerda de la Marimar?
         —¡Y quién no! —Su rostro se inundó de nostalgia—. Tenía encandilado a todo el pueblo y no por ser la hija del alcalde. ¡Cómo la recuerdo cuando…
—Usted estaba loco por ella, la miraba y no sólo la miraba, la desnudaba con la imaginación mientras…, ya me entiende, ¿o con la mano sólo se dedicaba a sacudir los pinceles?
El pintor inauguró una cómplice sonrisa con la que no consiguió la implicación del muchacho.
—¿Y qué tiene eso de especial? Estaba prendado de ella y me consta que yo tampoco le resultaba indiferente, pero me faltó la determinación y después…
         —El deseo, padre. Antes y después, siempre estuvo el deseo.
         —¡Yo nunca la toqué!
         —No fue necesario; y tiene razón, padre, usted no le resultaba indiferente. La fuerza del deseo es muy poderosa y entre ambos la hubo. El deseo quizá sea la energía más intensa del universo, desarrolla la ilusión hasta traspasar sus confines y es capaz de crear lo más maravilloso que existe, la vida. Porque el deseo y su resarcimiento forman parte de la naturaleza humana. Pero el deseo sufre si se ve obligado a sobrevivir aislado de la voluntad y ante la ausencia de ésta se produce una mutación, un estado aturdido de la conciencia emocional que conduce a la frustración, y por eso nací yo.
         —Todo eso es absurdo, entre la Marimar y yo jamás pasó nada.
         —Porque no se supo manejar el deseo y se despreció la voluntad.
         El joven asió con deferencia los hombros del pintor y lo sentó en la primera fila de bancos de la iglesia. Él se dejó hacer y su mirada retrocedido tres décadas.
         —¿Qué sabrás tú del deseo? —comenzó, sacudiéndose un color de su buzo de trabajo—. Sólo hablas de conceptos, de ideas, filosofía barata. Yo sí sé lo que significa el deseo; cuando las entrañas se te comprimen al mirar a la persona amada, cuando todo cuanto te rodea, el trabajo, los amigos, los pequeños placeres cotidianos, quedan envueltos en la apatía sin su presencia. Cuando la sola mención de su nombre es al mismo tiempo un bálsamo combinado con el más agrio de los licores. Soñar no sirve, porque el sueño se convierte en una infinita espiral de pesadilla en cuyo centro se encuentra la decisión, esa decisión a la que sabes que nunca vas a llegar. El deseo te atormenta y al mismo tiempo gracias a él logras la única razón para sonreír; por si te tropiezas con ella o por no hacerlo, por si camina sola o por si va acompañada, por si esta vez vas a dar el primer paso o esperarás a la próxima ocasión; y cuando te das cuenta de que la oportunidad adecuada siempre va a ser la siguiente o la que continuará a esa siguiente, entonces sabes que nunca llegará. Pero el deseo no desaparece y se convierte en obsesión, y la obsesión puede conducir a la locura. Los años empezaron a pasar, estériles entre nosotros, temí que otro se la llevara y por eso la maté.
         Se llevó las manos a la cara para intentar ocultar una desesperación que atravesaba la piel y los huesos; aún así, en el barniz que cubría sus dorsos, volvió a aparecer. Una desesperación que iba más allá de la carne y del paso del tiempo.
         —No sufra, padre. Usted no la mató, sólo fue mi herramienta para cortar los latiguillos de los frenos del coche con el que le robé la vida en la curva del Gallo Rojo. Yo soy el verdadero asesino, pero el alcalde siempre sospechó de usted, también me encargué de eso. Y a su próspera empresa de pinturas, la mayor de toda la región, cada mes le fueron cancelando más contratas, nunca sale gratis desear y serlo a la vez por la hija de un alcalde bien relacionado y no tener voluntad, huele a desprecio y venganza. Pero con usted he sido más clemente, la frustración necesita por lo menos un progenitor para sobrevivir; por eso le he convertido a usted, padre, en lo que es ahora, un borracho amargado al que justo le encargan alguna chapuza capaz de pagar el vino barato con el que intenta olvidar el pasado, ese pasado tornasolado por el deseo.
         —¿Y por qué buscas mi perdón si ahora tampoco te arrepientes de lo que has conseguido?
         —Porque la frustración tiene fecha de caducidad y yo quiero permanecer, y tal como nace, se alimenta del deseo, por eso no quiero que usted olvide. Porque perdonar cicatriza las heridas y ayuda a asumir las limitaciones que nos convirtieron a cada uno en lo que somos. Ya ha sufrido bastante, padre, perdonarme será para usted la esencia de la aceptación con la que renunciará al abandono del deseo, sólo pretendo desahogarle de su culpa y mantenernos juntos en el recuerdo de lo que pudo ser, en un nítido deseo.
         —¡Jamás te perdonaré! —gritó el pintor—. De la misma manera que yo también soy incapaz de absolverme por lo que hice. Tú destruiste mis más puros sentimientos, tú me empujaste a cometer el más repugnante de los delitos, el homicidio del ser amado. Alimentaste mi indecisión, convirtiendo lo que pudo ser en devastación y de ella vives. ¡Morirás conmigo!

Sonrió al traspasar la puerta de la iglesia, cuando acababa de dejar a padre preparando en torno a su cuello la cuerda con la que había decidido ahorcarse.

La frustración no se conforma con la obsesión ni la locura, es como el veneno de la serpiente que también se alimenta de la venganza y se aprovecha de la traición a los propios deseos, ese engaño que consigue convertir al individuo en un ser autodestructivo. La traición subsiste eternizada con la muerte y por eso la busca, como el mal siempre acecha al más débil.

El deseo es la sublimación del sentimiento, y como tal sólo se relaciona con la vida.


* Imagen: alto-relieve “Le Désir” – Aristide Maillol (Musée d´Orsay – París)

Oscar da Cunha

4 de abril de 2015