domingo, 21 de septiembre de 2014

EL BESO DE LA MUERTE

La carretera era estrecha, incómoda, llena de baches y con curvas más preñadas que un retrato de Fernando Botero. El cielo amenazaba tormenta, no me preocupó. En aquél camino tan solitario como una sonata de Haydn hasta una tempestad podía convertirse en buena compañera. Admito que cuando menos desagradezco la soledad es en esos momentos en los que se viste de imaginación y me susurra al oído los versos del caminante, y en ocasiones aparece alguien que la complementa.
Estática, marmórea y con unos ojos como en ninguna estatua jamás vi. Si hablamos de brillo, acaso el del diamante fuera el más cercano. Dos diamantes cuyo esplendor ni el mismo Gabi Tolkowski sería capaz de mejorar.
Maliciosa, supo escoger el único tramo recto posible, esa escasa ración de asfalto que me permitió relajar la mirada y dedicársela. ¡No, más aún! Me enamoré hasta el punto de pararme a su altura, de no poder separar mis ojos de los suyos, de embriagarme con su perfume. Si como de una fragancia que por antigua se hubiera convertido en eterna, como el aroma de la modelo que pudo inspirar a Carthusia para crear su Fiori di Capri. Su rostro presentaba una belleza imposible, quizá la que tantos  artistas pretendieron a modo de una utopía que sólo vive en la ambición del sueño magistral. La túnica que cubría su cuerpo semidesnudo estaba esculpida con la delicadeza de la mejor seda de Hangzhou, resaltando incluso esas formas cuyo secreto no deja de serlo hasta encontrar al amante perfecto.
Lástima que no concedan el premio Nobel a la pregunta más estúpida del año porque en ese momento perdí la oportunidad de conocer Estocolmo.
—¿Qué hace una escultura como tú en su sitio como este?
—Esperarte —respondió.
No dudo de que a vosotros os haya contestado alguna vez una estatua, pero aquel fue el estreno de mi fantasía. Un estreno que convirtió el instante en palco de La Fenice. Su voz sonó tal que si se tratase de la auténtica Aída invitándome a entrar en el templo de Isis. Como el divino canto de la princesa etíope que cualquiera persiguió soñar sin alcanzarlo.
Y me estremeció.
Me acerqué a ella mientras, bajo las primeras lágrimas de esa tormenta que nos envolvió en gris, vi cómo el mármol se fue transformando en mujer, la piedra en vida y el tiempo en paréntesis.
—¿Esperarme? —pregunte—. ¿Por qué a mí?
—No importa porqué cuando lo más importante es para qué.
¡Cómo no perderse entre la imaginación de la liviandad que el aire imprimía a su túnica, con el delicado movimiento de sus labios, o el balanceo de ese brillante azabache de su cabello!
—¿Para qué? —pregunté—. Lo más cercano a la perfección que nunca he visto está ahora dejante de mis ojos. Yo no soy un maestro, pero no creo que nadie pueda superar la belleza con la que fuiste creada.
—¿Y para qué la quiero? Llevo siglos siendo una piedra, la hermosa creación de un tallador que una vez intentó, sin lograrlo, convertir su arte en compañera. Pero fracasó, sólo consiguió imprimir armonía a un trozo de mármol. De nada me ha servido la belleza, de nada me sirve si no soy capaz de sentir, sufrir, reír o llorar. Aunque sea por poco tiempo deseo ser humana, imperfecta como la realidad. Quiero aprender a emocionarme con un amanecer y sobrecogerme ante la noche. Escuchar a Chopin y poder suspirar compartiendo su melancolía. Sentir una caricia aunque sea la última, y amar la vida como sólo puede amarse cuando sabes que ésta se te va escapando entre los ojales del tiempo. Soñar como Chaplin y despertarme en cualquier año de la soledad de García Márquez. Renunciar a la eternidad a cambio de una pequeña dosis de vuestra locura, esa maravillosa locura con la que constantemente pretendéis seducir al mundo.
—Pero la vida no siempre es una dulce melodía, a menudo duele. Las noches están llenas de sombras que a veces nos atormentan y son muchos los amaneceres en los que el camino que se nos presenta está lleno de barro y sabes que, con cada paso, los pies reclamarán una pausa que no podrás concederles. Y el alma, esa que no sabemos en que cajón de nuestra mente vive, se va desgarrando con cada ser amado que se nos marcha. Dejamos de suspirar con un concierto cuando suenan los tambores de guerra, y hay pesadillas que no nos abandonan al abrir los ojos. Soñamos y fracasamos, y volvemos a soñar hasta que llega ese día en el que sabemos que las ilusiones ya sólo tienen pasado.
—Aún así, a pesar de todo, del dolor y la tristeza, de las desdichas y frustraciones humanas, ¿te convertirías en estatua?
Descubrí la angustia que desprendían sus diamantes perfectos mientras las escasas gotas de lluvia se deslizaban entre nosotros con la despreocupación de una dimensión en tregua.
—¿Cómo puedo ayudarte?
         —Sólo te pido un beso, concédeme el beso de la muerte que me convertirá en pasajera del tiempo, en esa imperfección que vosotros arrostráis sin ser conscientes de que la belleza de vuestra existencia gravita en torno al libre albedrío que os fue concedido.
         No pude negarme, no quise renunciar a esos labios que, como la Julieta de Tchaikovski implorando en Re bemol mayor, reclamaban su porción de infierno que los siglos le habían negado. Y la besé. Mi boca percibió la frialdad del mármol antes de que el ensueño se deshiciera entre unos labios agrietados. Su rostro se desprendió de la tersura de la piedra impecablemente pulida quebrándose en centurias de arrugas, y su mirada se apagó hasta merecer esa tonalidad cercana al trance final. Acaricié la piel deshidratada de su cara mientras sus infinitos pliegues se iban llenando de acibaradas lágrimas bajo unos espaciados tallos de pelo gris. La contemplé y sólo vi nostalgia.
         —¿No era esto lo que querías?
         —Ahora tendré que averiguarlo, acabo de conocer la duda, y lloro por el miedo ante esa duda cuya sola presencia sobrecoge. Lloro por desear lo que quizás nunca debió corresponderme. Por perder lo que fui y no alcanzar jamás lo que vosotros sois.

         No quiso que la acompañara y la vi alejarse con sus pies descalzos sobre un asfalto que empezaba a recoger las gotas de un cielo sometido ya a las decisiones de la providencia. Al verla marchar, atormentada por el peso de la realidad y encorvada bajo la basta sarga en la que se había convertido su sugerente envoltura de seda, adiviné porqué no me había agradecido el beso y decidí no volver a repetirlo jamás. Ninguna creación inmortal, por perfecta que aparente, comprenderá el pacto entre el ser humano y sus pasiones.

Oscar da Cunha

21 de septiembre de 2014