sábado, 2 de noviembre de 2013

COMPAÑEROS

Fue en el paseo del río, mientras yo disfrutaba de la fogosidad de mi cachorro, cuando los volví a ver. Los cuatro amigos que me leéis habitualmente ya conocéis mi oficio de voyeur, siempre he considerado que la vida está llena de pequeñas esquinas que habitualmente se nos escapan pero, poniéndoles un algo de interés, son capaces de enriquecernos más que las grandes noticias que no están fabricadas más que para distraer a las masas. Y perdónenme aquellos que se sientan aludidos, pero el pan y circo se inventó hace muchos siglos, como el fuego, o como el oficio más viejo del mundo, que no es el que estáis pensando, tarambanas, sino aquél en el que el más fuerte se aprovecha del esfuerzo del más débil. En esto no hemos evolucionado, todavía somos una especie joven y si, pese a los muchos intentos, nuestra capacidad de autodestruirnos sigue fallando, quizás algún día consigamos alcanzar ciertas metas de felicidad tan sólo intercambiando impresiones y emociones con nuestros semejantes.
Decía que los suelo ver en el paseo del río, a los dos, no sería capaz de distinguir quién es más anciano, si el hombre o el perro, ambos están ya jubilados de sus tareas y, como buenos camaradas, el uno respeta el descanso del otro, alternativamente. Cuando al humano le pesan sus zapatos se sienta en uno de los bancos con el chucho debajo; y viceversa, cuando el animal se detiene para recuperar el aliento, el abuelo —todos son abuelos a esas edades— se espera comprensivo, apoyado en su bastón.  De vez en cuando intercambian alguna mirada, como esperando ver quién cede primero y da la orden de volver a casa para poner fin a esa tortura diaria que consigue mantener la sangre circulando por sus venas.
—Se le ve muy viejito —le comenté al anciano—. ¿Qué años tiene?
—Los mismos que yo, más o menos —me contestó—. Ambos estamos ya en ese punto en el que no importa lo vivido, porque la memoria falla y menos aún lo por vivir, porque ya no pertenecemos a este mundo que a ninguno de los dos nos interesa entender.
Esa última frase me empujo a reflexionar —acto que cada vez procuro evitar más a menudo— en la ironía que encierra nuestra vida, cuanto más has caminado, cuantas más experiencias tienes para compartir, a menos gente le interesan y no es inusual que a muchos ancianos haya que sacarles su historia con sacacorchos. Su pasado pertenece a una irrealidad que se quedó atrapada bajo los tilos donde bailaban los sábados durante las tardes de verano, y en los matasellos de las cartas con las que se declaraban unos sentimientos que no desaparecían entre la trivialidad de la telefonía móvil.
Aproveché unos de sus descansos para acompañarlos en un banco e iniciamos una conversación que me niego a transcribir, a nadie le interesa ya leer sobre nada que no aparezca en la televisión.
—El mío también fue joven —dijo con nostalgia mirando las mil correrías de mi cachorro—. Ahora, cada noche nos abrazamos en la cama, con la esperanza de ver amanecer juntos o de no volvernos despertar, a ninguno nos interesa un minuto de esta vida sin el otro. Yo creo en Dios —me lanzó con solemnidad—, y él también —señaló mientras acariciaba a su compañero—, a ambos nos consuela saber que Él nunca nos separará.
Con la primera ráfaga de viento fresco que anunciaba el declive del día se pusieron en pie y, mientras lentamente se alejaban el uno junto al otro, me di cuenta de lo hermosa que es la amistad, aunque para algunos se llame fe.

©Oscar da Cunha

2 de Noviembre de 2013
(Día de los fieles difuntos)