domingo, 7 de octubre de 2012

LA CASA ROJA


  Nunca os he hablado de ella, la casa roja. Vive sola desde que su propietaria la abandonó cambiándola por una lápida en el cementerio del pueblo. No ha tenido suerte, después, todos la han rechazado. Es blanca como casi todas las de por aquí, solo el color de la carpintería la diferencia de la mía que está pintada de verde, pero ella no tiene a nadie que le diga: mi casa. Está a mitad de ese camino que solo recorro yo, y todos los días la saludo al marcharme y al volver.
  Por las noches, desde hace años, la observo con curiosidad, intentado adivinar una sombra tras algún cristal, una cortina que al deslizarse esconda una cara, la tenue luz de una vela que deambule por su planta alta…, nada. Me acerco y la escucho, deseando capturar una voz, una llamada, el sollozo de un niño…,¡nada! Solo el viento es capaz de arrancarle algún gemido a sus ruinosas maderas, solo el sol consigue que sus cristales reflejen algo de luz; la luna, egoísta, prefiere el río.
  Debería haber elegido cualquier otro momento para entrar, a plena luz del día, pero la curiosidad es caprichosa y se presentó con el último plenilunio. Sé de una ventana en la parte trasera de la casa que alguien olvidó cerrar, y todas las noches de viento me llama. Esa noche acudí, mis gatos me despidieron con un corte de mangas, y Naty me miró con una condescendiente sonrisa, sabe que no gozo del olfato de un perro.
  Una vez dentro necesité encender la linterna, llamó mi atención que la luna llena se negara a prestarme un poco de claridad, desde dentro el camino se veía perfectamente iluminado, pero los finos cristales de las ventanas parecían decididos a bloquear el paso de la luz hacia el interior. Caminé sobre el piso de  baldosa hidráulica sin emitir ni escuchar ningún sonido, recorrí toda la planta baja hasta llegar a la cocina: sobre la mesa, una taza de café, vacía, limpia, esperando a ser utilizada; muebles, cuadros, utensilios, todo allí dentro daba la sensación de haber interrumpido su rutina en un preciso segundo, en la antesala del siguiente que siempre estaría por llegar. Salí al rellano y vi las escaleras que conducían al piso superior; si habéis profanado solos una casa abandonada sabéis lo que se siente frente a una escalera oscura, silenciosa… Subí. Ninguna de aquellas baldosas emitió el menor lamento; antes, la construcción, se trabajaba para toda la vida.
  Enfoqué la pieza con mi linterna, dos sillones tapizados con otomán granate y una mesa central con un jarrón vacío de porcelana de Limoges; encima de una peana, junto a la puerta, la radio de madera sobre la que me apoyé todavía estaba caliente, el escalofrío empezó por mi mano derecha erizándome todos los pelos hasta concentrarse en mi nuca. Todavía, era la palabra que no encajaba en aquel salón, ese todavía estaba fuera de lugar, despreciaba al tiempo…

  —¡Apague la linterna por favor! ¡Nos van a descubrir!
  La taquicardia que me provocó aquella voz, susurrante, aún la sigo conservando. La linterna tampoco aguantó el golpe contra las baldosas, y la luz huyó por la ventana.
  —¡¿Quién está ahí?! ¡¿Quién eres?!
  Gritar es una buena terapia para combatir el miedo, no siempre funciona. Miré hacia donde parecía surgir la voz, a la derecha, junto a la ventana del salón que da sobre el camino, pero la luminosidad exterior contribuía a oscurecer aún más la sala.
  —¡No grite por favor! ¡Nos van oír!
  Otra voz, esta vez femenina, contestó desde el lado izquierdo de la estancia. Yo continuaba sin ver nada y el miedo me impedía adaptar mi vista a la oscuridad.
  —¿Quiénes sois? —pregunté—. ¿Qué hacéis aquí?
  —No nos delate, por favor. Tenemos dos niñas, no queremos que ellas también acaben en un vagón de tren.
  Noté como la voz femenina avanzaba hacia mí, empecé a perder el miedo y pude ver. Una mujer alta, delgada, juraría que morena, con dos pequeñas escondidas entre sus piernas.
  —Somos los Ergman, Shlomo y Françoise, mi mujer. Mis niñas, Abigail y Myriam.
  Por fin conseguí separarlo a él de la oscuridad, también alto y delgado, vestía un traje oscuro totalmente arrugado, intentó abrir una sonrisa pero fracasó. 
  —No nos denunciará, ¿verdad? No parece usted de la Carlingue.
  La voz de Shlomo era dolorosamente implorante, no obstante su comentario me desconcertó; o su vista todavía estaba dominada por el miedo, o me estaba tomando el pelo. Yo, con mi suéter lleno de agujeros y mis chanclas, no encajaba con el retrato que todos tenemos de un miembro de la Gestapo. 
  —Somos de Burdeos, yo soy maestro chocolatero. Dejamos nuestra vida allí, en junio, con la llegada de los alemanes. Desde entonces estamos escondidos en esta casa, esperando poder pasar la frontera, y ahora… —Shlomo interrumpió su relato unos instantes con un evidente gesto de impotencia— …ahora también han llegado hasta aquí. Incluso se espera la llegada del propio Hitler en persona. ¡Aquí, en Hendaya!
  Se llevó las manos a la cara para ocultar sus lágrimas de desesperación.

  En ocasiones, la imaginación juega al póquer con la realidad, y se ve que esta noche le habían entrado cuatro ases.

  —Escuchen, la guerra terminó hace muchos años, todo esto es absurdo. A mi no me importa que se queden aquí y si puedo ayudarles en algo…
  —¿Absurdo? ¿Qué ve usted de absurdo en esos soldados? —Shlomo me cogió del brazo y me llevó hasta el muro de la sala, junto a la ventana. En el exterior, en mi camino, el trajín de hombres uniformados bajo los potentes focos era febril, y el grito de uno de ellos, tocado con gorra de visera, traspasó los finos cristales.
  —Arbeitet Sie Bastarde!
  —Están construyendo un puesto de vigilancia, justo aquí. ¡Estamos perdidos!, no…
  —¡Es un bunker! —le interrumpí—. ¡Lo conozco! Es el último de la Línea Europa, todavía sigue en pie, paso delante de él todos los días.
  —¿De qué año viene usted? —me preguntó Françoise desde la oscuridad.
  —Estamos en 2012 —No pude evitar sentirme obsceno por mi respuesta.
  —¿Y cuando acabó la guerra?
  —¡En 1945!
  —¡Elhoim nos ayude! Aún quedan cinco años. No sobreviviremos, es imposible.
  Las dos pequeñas comenzaron a llorar, sabían perfectamente la sentencia que trasmitían las palabras de su padre.
  —Pero… no lo entiendo, ¡no es posible!, yo he estado ahí fuera hace unos minutos. ¡No hay nadie! ¡Todo eso ya pasó!
  —¡Venga, siéntese! —Shlomo volvió a cogerme amablemente del brazo y me condujo hasta uno de aquellos sillones color granate, él se sentó frente a mí.
  »Comprendo su confusión, esto no es normal pero está ocurriendo. Su tiempo y el nuestro acaban de cruzarse, es posible que nuestro miedo haya sido capaz de alterarlo, sin embargo el espacio que ambos compartimos en esta habitación sigue siendo el mismo, pero si salimos fuera usted lo hará en su tiempo y nosotros en el nuestro. Solo aquí, y quizás ésta sea la única ocasión, podemos percibirnos.
  —¿Cómo puedo ayudarles?
  Mientras hablábamos me pareció que las voces que provenían del exterior habían cesado. Me levanté del sillón y volví a la ventana, el camino esta vez se veía solitario, y con la única iluminación de la luna. Me giré hacia el interior de la sala, los Ergman habían desaparecido.
  —¡Shlomo! ¡Françoise! —grité.
  No hubo respuesta.

  Me temblaron las piernas al bajar por la escalera, sabía que al sentirme solo, el miedo podría volver a aparecer, y con él los soldados. En completa oscuridad recorrí a la carrera la planta baja tropezando con la mesa de la cocina, por el ruido supe que aquella taza vacía ya no esperaría más. Conseguí recobrar la serenidad al salir al exterior y ver, sobre el camino vacío, mi sombra bajo la luz de la luna.

  Desde aquella noche, todas las tardes al volver a casa, coloco delante de la ventana, que continúa siempre abierta, unas barras de pan, algo de comida y unas galletas para las niñas. Jamás he vuelto a entrar en la casa roja, pero cada mañana, antes de marcharme al trabajo, compruebo que delante de la ventana no queda ningún rastro de lo que dejé la tarde anterior.

  * Ayer bajé al pueblo, nunca me había parado a leer aquel letrero:

“Ergman - La Maison du Chocolat - fondée en 1946”

Oscar da Cunha

7 de Octubre de 2012