sábado, 5 de enero de 2019

Cuento para niños que nunca dejaron de crecer


Es a partir de la medianoche, cuando la bailarina de la caja de música decide seducirnos con esa danza que nadie ha escuchado y se compuso para un único sueño; cuando la luna desaparece del cielo y no duda en brillar en exclusiva para nuestro lado de la ventana; cuando a la revista sobre Italia le da por cantar O sole mío con la voz de Elvis, y en el cuadro, el caballo del capitán cabalga sobre el más terrible de los mares océanos dispuesto a conquistar esas islas que nadie jamás conseguirá localizar en un mapa. Cuando decimos imposible y las sombras se ríen. Cuando la realidad se da la vuelta para que veamos su maquinaria y enredemos.

            Se abre la puerta del viejo reloj de madera y el pájaro tose por el humo de la estancia al asomarse. Se pone sus gafas y comprueba las agujas. Asiente y me mira.
            —Por fin son las doce, confirmado.
            —Gracias —levanto la vista de ese bosque japonés en el que Haruki me ha dejado abandonado y le contesto con desgana—, pero tenías más encanto cuando te limitabas a hacer cucú.
            —Más encanto dice —suelta un graznido y cierra con un portazo—. No sé por qué pierdo el tiempo en hablar contigo —me grita desde dentro—. Nadie me iba a creer.
            —No insistas, pollito —le larga el mono cojo de porcelana que olvidé tirar a la basura—. Todo el mundo sabe que ellos no hablan, es nuestra imaginación.
            El pájaro vuelve a asomar la cabeza consiguiendo un reproche de la puerta del reloj por el exceso de trabajo a deshoras. Y señala al mono con desconfianza.
            —Me pregunto si no sería mejor dar marcha atrás.
            —¿Marcha atrás? —repito pero sin interés—. Pues cántame las once.
            —Recuerdo… —se interrumpe para aventar el humo con el ala y de paso añorar aquellos tiempos en los que respirar limpio no estaba sobrevalorado—… cuando aún no os habíamos inventado, antes de que esto se nos fuera de las manos y lo de hablar iba en serio. —Y vuelve a mirar al mono—. Como él pero sin ruido, por lo de la evolución, ya sabes.
            —Aparte de una tontería eso es un mito —protesta el mono cojo—. Nadie ha podido demostrarlo.
            —Tienes razón —le suelto al mono mientras cierro el libro y yo también miro la porcelana con desconfianza—. No tenéis entidad para ser nuestros antepasados. Es evidente, mírate, tú nunca podrás ser un jarrón.
            —Lo complicáis todo por querer estar en tres dimensiones —interviene Tintín desde la portada de El asunto Tornasol—. Con dos es el mundo perfecto.
            —¡Vaya! Cómo no se nos había ocurrido antes —replica el pájaro ahuecándose las plumas—. Tenemos un problema de plancha.
            —¡Bah, en dos dimensiones habla cualquier cosa! —El mono señala la biblioteca—. Eso está lleno de fulanos con palabras, ¿os imagináis algo más estúpido? Es como si alguien se comprara los donuts para comerse los agujeros. —Y vuelve a señalar la biblioteca, con tristeza esta vez—. Toda esta cantidad de hojas que se ha quedado sin árboles…
            —Anoche soñé que volvía a Manderley —insiste Lady de Winter.
            —Pues tiene usted suerte, señora. —El mono está al quite y a mí su verborrea me empieza a desorientar sobre el asunto de la evolución—. A los que estamos fuera de la novela el puñetero pájaro no nos deja dormir.
            —Ya decía yo al principio que iba a perder credibilidad —protesta el cucú malhumorado—. Porque aquí el fulano lleva casi un año sin darle cuerda a este reloj.
            —Creo que me empiezo a cansar —les suelto a todos y vuelvo a coger el libro para seguir perdido en ese bosque japonés que tampoco sé si existe—, vosotros sólo habláis cuando yo quiero.
            —La típica arrogancia tridimensional. —Tintín me vuelve la espalda y por eso no da la cara en la portada de El asunto Tornasol—. Cuando escuchan algo que no les gusta fingen que no nos oyen.
            —¿No eran estos los que pintarrajeaban las cuevas? —pregunta el mono cojo mientras se despioja la cabeza y le tira un cadáver de porcelana al pájaro.
            —Lo del interiorismo fue antes de aquel balón que los puso a todos a correr por la hierba.
            —Ah, el famoso balón Pie.
            —Sí, pero van detrás de esa tal María, la hierba.
            —Anoche soñé que…
            —Señora, por favor.
            —Milú se ha meado.
            —Ha sido Banksy haciendo de las suyas.
            —¿Y ese grito?
            —Lo de todas las noches, el Paris-Match con las fotos de la Callas.
           
            Con la luz del amanecer miro hacia ese techo que ya no tiene sombras y en el revés de la ventana sólo veo invierno y frío. Ya es la hora en que el mundo real duerme y toca incorporarse al otro y fingir que lo que importa es lo nuestro. «El juicio del intelecto es sólo parte de la verdad» como decía Jung, y a mí que cada día esa parte me parece más pequeña.

            —Son la siete de la mañana, confirmado.

Oscar da Cunha
5 de enero de 2019

                 ©
            —¿Qué hacemos con esto?
            —No seas ignorante, pollito, creo que es Dios.