sábado, 29 de septiembre de 2018

Una canción y es ayer


Enciendo la radio del coche, y mientras suena "Sailing" de Rod Steward agradezco una vez más todas las que insistí en mantener mi rechazo por aprender inglés; eso me ha permitido ser yo quien siempre pusiera la letra a cada canción. En este momento me parece un buen negocio haber sacrificado un poco de adiestramiento en pos de la imaginación; y además, de entre todos con los que me relaciono, los que me interesan y hablan inglés también saben pegarle a algún otro idioma compatible con mi configuración.
            Esta vez paro junto a lo que antaño fuera un honorable puticlub y ahora se ha convertido en un depravado templo de las ofertas en yogures caducados. Y cojo la libreta. Me quedan poco más de cuatro minutos para tomar nota rápida de las sensaciones, y me lo ponen difícil porque se vienen todas arriba y al mismo tiempo. En ocasiones pienso que alguien proyectó mi existencia como un maldito tablero del juego de la Oca, y no con una sola casilla 58. El diseño fabricado para mí está lleno de calaveras que me hacen volver al punto de salida. Como si al endemoniado juego no le importasen las emociones que uno ha conquistado durante el trayecto y, sin conversaciones para alcanzar algún arreglo, te manda a la casilla de inicio. Pero con tu soledad, y a ver cómo te lo montas para reiniciarte otra vez desde esa perversa número 1. Entonces me pregunto qué ocurre con el pasado, por qué no hay una casilla anterior a la de arranque, una zona cero de ese juego que tanto se parece a la vida. Yo la imagino como una amenazadora sala de cine donde se proyecta lo que ocurrió y puedes gritar: ¡Corten, que voy a hacer un retoque! Y antes de volver a empezar jugueteas a manufacturar apaños con la memoria. Son engaños, pero la cabeza se deja porque a partir de la realidad desnuda a veces no apetece renovarse.
            Y estos minutos los malgasto en negociar con aquel joven de veinte años que navegaba por las calles de Barcelona, pletórico de firmes propósitos que después se fue decidiendo a cambiar conforme veía que los propósitos sólo eran firmes en no contar con él. Y aprendió a improvisar. Que es la única manera de que la vida te deje en paz por imposible, y de que no te arrastre esa monótona corriente que por presumir de experiencia termina en cualquier lugar donde ya somos demasiados.
            Lo recuerdo como a individuo que no temía perder nada, porque siempre procuró que todas las compañías fueran malas y lo peor que te puede robar un buen amigo es tu tiempo. Y empezó a desprenderse de aquellos que llegaban convencidos de que su reloj era de ellos.
            Tardó en entender que no merecía la pena continuar en algunas partidas, por el simple hecho de seguir jugando, cuando sabía que llevaba malas cartas. Y hoy es el día que me pregunto si aquellas mujeres seguirán marcando sus barajas; quizá, y con todas las vueltas que lleva uno en el carrusel, las que no lo hacen ya no me resulten interesantes.
            Este estribillo sin letra de la canción me trae a la cabeza cómo sintió que sólo se conoce de verdad entre tinieblas y cuando hay copas de por medio, aunque luego por la vida todos andemos de mentira. Pero en aquella época no había controles de alcoholemia y ahora los sinceros son un peligro. Cuántos días merecieron la pena sólo porque tuvieron varias noches, y de cuantas noches conviene no olvidarse aunque sea porque después de cada una de ellas volvió la libertad. También para él.
            Y sentado en la terraza de aquella cafetería con mala fama en el nombre y peor en la de los apellidos de su clientela, comprobó que somos nosotros quienes decidimos cuándo las estaciones cambian y que no duren como el verano de Sabina. Salvo la primavera que es la única hembra de las cuatro y en ella conviene pillar butaca para todo el año. Y que se lo monte en hacer brotar lo que le salga del equinoccio porque sólo cuenta estar para verlo.
            Aún lo percibo convertido en perro adoptado por la calle, que esa no defrauda nunca porque para dar patadas siempre ha habido empujones. Con un collar prestado por alguna servidora de barra en garito con luz roja, que es donde hay que pararse según el Código de la Circulación, y de paso echarse una mirada por dentro para que se le bajen los humos a lo que devuelve el espejo. Que perros somos todos pero el lujo, desde que el mundo es redondo y da vueltas alrededor de los mismos idiotas, ha sido no tener raza y adaptarse a lo que venga.
            Ya se me han acabado los cuatro minutos de canción y no he tenido tiempo de desparramar por aquí todas las emociones. Además, yo no soy quién para descubrir nada a nadie y menos aún si aprende. Pero estoy seguro de que no hice todo eso en aquellos tiempos para ahora permitirme olvidar, ya no tengo talla para defraudarlo. Tampoco puedo volver a esa edad pero intentaré hacer virguerías con la cabeza.

Oscar da Cunha

29 de Septiembre de 2018