jueves, 12 de mayo de 2016

ANTES…

            Antes escogía la ropa que me gustaba, ahora también. Eso que llaman moda nunca ha ido conmigo o tal vez haya ido siempre al revés, me reincorporo tarde. Es cuando han retirado de todos los escaparates un estilo que ya se ha aburrido de marcar tendencia cuando yo me pongo a buscarlo. Quizá por eso cada vez que entro en una de las tiendas donde me conocen, me responden antes de que pueda abrir la boca: "no nos quedan". Pero como todo vuelve menos el respeto, espero con angustia mientras mis prendas envejecen para comprobar que regresan, pero con ajustes.
            Antes prescindía de esos discretos y estrechos bolsillos diseñados para guardar las gafas, y ahora que los necesito parece que toda la peña usa lentillas porque yo no los encuentro. Los grandes se han convertido en enormes, y la dependienta te convence con una sonrisa: te cabe una tablet de cuarenta y dos pulgadas. ¿Y en ese pequeñito y con botón, ya me entrará la cartera? —pregunto—. No, cariño, ese es para los auriculares. Y con lo del "cariño" maldigo mi mala memoria, porque la vendedora es un bombón y yo no recuerdo haber intimado con ella. ¡Mira, en este me cabría el móvil! compruebo con alegría, hasta que me doy cuenta de que se trata de un facsímil decorativo y sin uso; y cariño me mira extrañada: pero no te has fijado que todo el mundo camina hablando por la calle, ya nadie los guarda, por eso los hacen sumergibles, con este clima…
            Antes acertaba dónde se encontraba la sección de caballeros, pero se ha impuesto lo unisex, y sacando una camisa del perchero la devuelvo al oír que a la señora junto mi lado se la desaconsejan porque tan amplia no le va a marcar el Wonderbra. El encargado de turno me indica dónde está la promoción de ropa interior, que por cierto a mi pareja le encanta —me apunta—. Ya pero a mí esos dibujitos…, es que soy muy clásico —le digo por no resultar impertinente—, ya entiendo que a ellas les guste vernos… Y con un vozarrón que me hace descubrir dónde fue a parar la reencarnación de Pavarotti me interrumpe afirmando que en su casa, ella, se llama Manolo.
            Cambio a la sección de pantalones. Antes estaban organizados por modelos, tallas y colores, pero me encuentro con un apilado amasijo clasificado por rotos, deteriorados y destrozados. ¡Vaya, por fin unos vaqueros con menos agujeros que los míos! Y al desplegarlos se descuelga la etiqueta con el precio. Los números no son grandes pero sí muchos, excesivos, y entiendo para qué sobre la estantería hay un Ventolín a disposición de los clientes.
            Decidido, me dirijo con algo en la mano hasta la zona de probadores, y recuerdo con nostalgia aquellas cabinas íntimas, con puerta,  espejo incluido y colgadores. Ahora, unas exiguas cortinillas y dejas la ropa colgada de las barras que las sujetan. Te pilla medio despelotado, ella también, una muchacha que ha echado mano de la chaqueta, mi chaqueta favorita, la que me acabo de quitar, y sin pudor abre la cortinilla: ¡Jode, tío, me la vendes! El sábado tengo una fiesta y quiero ir de vagabunda.
            Antes comprabas, pagabas y te largabas; ahora no te dejan. ¿Tienes ya la tarjeta de socio? Te puedo hacer una VIP (Volverás Imbécil Pringao). No, gracias, voy con prisa, le suelto, pero ella no suelta la bolsa. Vas acumulando puntos con cada compra y tienes unos magníficos regalos —insiste como si la hubieran entrenado en el Cuerpo de Infantería de Marina—. Mira, a partir de ochocientos puntos te regalamos unos calcetines y con… ¿Y por esto que he comprado? (En el ticket veo que me han soplado ciento ochenta euros, y creo que al final en vez del pantalón me llevo el tanga de la chica del probador contiguo) ¡Huy, pues ya tienes dos puntos!
            Antes salías de cualquier tienda y te tomabas un café, ahora me pido una tila con un chorrito de absenta.
            Antes las cosas eran diferentes, ahora el diferente soy yo.
Oscar da Cunha

12 de mayo de 2016