viernes, 11 de diciembre de 2015

CUENTO DE NAVIDAD

            El frío no impide, quizás empuje a la gente a recorrer las calles. Tal vez sea la causa de que se llenen, buscando las puertas de los establecimientos comerciales, de las cafeterías donde reencontrarse, donde renovar el abrazo personal que desde el año anterior se ha pretendido en cientos de mensajes de teléfono y emails. Acaso sea el frío quien ha ocasionado el atasco en esa travesía estrecha, ¡no, esta vez no ha sido el frío! El hombre de la bufanda de cuadros escoceses no acierta a meter el pino dentro de su coche, aun así nadie protesta con sus bocinas. Y a la señora del abrigo negro se le ha caído un paquete, no se ha dado cuenta porque es el más pequeño, pero el más valioso; no ha resultado el más caro, el esfuerzo ha consistido en encontrar lo que a él le gustara, y se conforma con tan poco, ¡qué difícil resulta escoger para el que sólo espera cariño! Nadie aprovecha la confusión para robarlo, y un joven con los vaqueros llenos de cadenas y la cara de piercings se agacha, la sigue, la aborda.
            —Perdone, señora, esto es suyo.
            Pese al frío, desde el interior de la pastelería alcanza la calle "Last Christmas" de Wham, y una pareja baila mientras la gente sonríe; dos ancianos los contemplan con nostalgia, se miran y se dedican un beso de cómplice recuerdo. Las esquinas están preparadas para regalar sorpresas, encuentros inesperados que hacen olvidar el tiempo que pasó. Al viejo del violín se le añade un joven con contrabajo y un tercero con acordeón, los últimos no ponen la gorra en el suelo, sólo pretenden compartir la mirada brillante del abuelo que sueña en Budapest. Los móviles suenan más de lo habitual y no son horas de trabajo, lo dicen los árboles que se han vestido de luces doradas, rojas, azules…, Y una vez más a mí se me ha olvidado colocar la tarjeta de aparcamiento, será por el frío pero no me han puesto multa.

            Pero no, no es el frío, Dani está convencido de ello. Han vuelto, como otro año más, esas sensaciones que le impulsan a soñar con una madre que nunca llegó a conocer, porque por darle a él la vida ella la perdió. Al menos eso le escuchaba decir a su padre mientras lo veía naufragar dentro de botellas de licor barato, mientras lo lloraba empuñar la amargura, esa enfermedad de la desesperación, como excusa por haber perdido el trabajo, después la casa y finalmente la dignidad. Ha reaparecido la misma soledad que recuerda no entender bajo mantas y cartones, y cuando a su padre se le perdió la mirada una madrugada de cielo gris y él supo que acababa de dejar de verle.
            Pero no, tampoco es el frío quien le acerca el asustado recuerdo ante esa pareja elegante; ante ellos, ante quienes primero le perturbaba volver a decir papá y mamá y después le enseñaron a sentirlo. De esa excesiva casa donde enloquecía buscando el suyo entre los mil  rincones hasta comprender que todos eran para él. Y ese compromiso  del que no hace falta repetir para siempre pero que pronto entendió que significaba familia. No es en el frío donde se quedó retenido ese olor a humo y calle en la ropa, y el aliento con aroma a cubo de basura que todavía su memoria no ha olvidado ni está dispuesto a hacerlo jamás. Porque nació comprendiendo que la vida tiene arriba y abajo, y ambos destinos están separados por una escalera con peldaños muy resbaladizos.
            No, no es el frío quien ha empujado a Dani a buscar su regalo entre calles de colores, ese que este año él ha insistido en escoger a cambio del coche prometido por haber alcanzado esa barrera de la mayoría de edad, una barricada que ya atravesó con tan sólo la mitad. Camina sin mirar los escaparates, sin entrar a preguntar precios aunque será él quien tendrá que pagar la mitad. Callejea, obstinado, hasta encontrar la mejor recompensa, esa que se disfruta recibiendo menos para compartir más.
           

            Las calles se han vaciado, las luces continúan encendidas y Dani entra en casa. Sabe que es la suya porque lo pone en el corazón de quienes le abrieron definitivamente su puerta, y él aprendió muy temprano a leer corazones.
            —¿Ya has elegido tu regalo?
            —Sí, mamá. Está aquí, detrás mío.
            Se hace a un lado y un niño asoma con la mirada asustada, otro más como él mismo hace nueve años, porque la vida tiende hacia esa extravagancia de repartir duplicados. Siempre con olor a humo y calle en la ropa, y el aliento con aroma a cubo de basura.

            Pero no, no es el frío. Es otra cosa, y aunque a la nieve se la espere pero tal vez no llegue, se le llama Navidad y a veces funciona.


Oscar da Cunha
12 de diciembre de 2015