lunes, 22 de diciembre de 2014

UNA BRISA CON PRÓLOGO

Una vez más nos encontrábamos sentados sobre la piedra del tiempo. Es un cómodo saliente rocoso, plano, lo bastante ancho como para apoyar la espalda en la pared de la montaña sin perder los pies en el vacío. Alguna vez ya os he hablado de ella y nosotros la llamamos así mientras, todavía, el perezoso sol de otoño todavía consigue mantenernos juntos.

           —¿Te has fijado en la mariposa?
         —Es un papel de colores.
         —Los papeles no vuelan.
         —Sí, cuando se los lleva el viento.
         —Observa. Hoy no hay viento, ni siquiera un prólogo de brisa. Es una mariposa.
         —No sabía que la brisa tuviese prólogo. Eso sólo pasa en los libros.
        —Todo lo que existe tiene un prólogo. Nosotros antes de nacer, la semilla que termina germinando en un árbol, el huevo de la serpiente, y hasta el propio universo tuvo su prólogo con el Big-Bang.
         —¿O sea que no existe nada sin prologo?
          —No, nada.
          —¿Y Dios, cual fue el prólogo de Dios?
          —¿Por qué me preguntas eso?
          —Porque yo sigo viendo sólo un papel de colores. 
                 —Te deslumbra la belleza de sus alas por eso no ves el alma que vive en ella.
         —¿Las mariposas tienen alma?
         —¿Qué te importa, si no eres capaz de ver más allá de los colores en un trozo de papel?
         —Quizás tengas razón y sea una mariposa, no hay brisa.
         —Tu problema no es el viento, él nunca justificará tu incapacidad para distinguir las diferentes versiones de la realidad.
         —Sólo hay una realidad, lo demás es imaginación.
         —¿Y dónde estableces el límite?
         —En nuestros sentidos, en la percepción de las cosas.
         —¿Puedes percibir la soledad o el miedo en un desconocido con quien te cruzas en la calle?
         —No, no soy capaz, lo reconozco.
         —¿Sabes por qué? Porque no te fijas en las fisuras. Toda situación, por consistente que se nos presente, tiene alguna grieta a través de la que podemos acertar para ver esos pequeños rayos de luz, escasos fragmentos de claridad que se filtran complementando la auténtica realidad y que tú llamas imaginación. A veces, gracias a esas pequeñas rendijas, conseguimos encontrar la razón para continuar sobrellevando nuestras vidas.
         —Me parece mediocre vivir pendiente de esas pequeñas fisuras.
         —Te equivocas, lo verdaderamente mediocre consiste en conformarse con aceptar la artificiosa realidad con la que intentan convencernos. Nunca descubrirás la importancia de lo genuino en los grandes escaparates.
         —¿Y Dios, por qué fisura atraviesa su prólogo?
         —¿De qué color eran los ojos de la mariposa?
         —Sólo he podido ver sus alas. ¿Y tú?
         —Me conformo con verlas volar, no me atrevo a mirarlas a los ojos.
         —¡Mira, otra mariposa! Esa es blanca.
         —Lo siento, esta vez sí se trata de un trozo de papel.
         —No lo entiendo, no he sentido el prólogo de la brisa.
         —Porque ha entrado por una pequeña rendija, justo la que ha creado el epílogo del día, este es el preciso momento en el que tú desapareces y yo vuelvo a mi soledad.

         No es conveniente, pero hasta con nuestra propia sombra podemos jugar al escondite.
Hace tiempo que intento adivinar el color de los ojos de las mariposas.

Oscar da Cunha

22 de diciembre de 2014