jueves, 16 de mayo de 2013

ZOMBIS


Hay días en los que la suerte no está de mi parte, mi agenda me ha obligado a comer en un bar con televisión. Hay días en los que el reloj también juega en el bando contrario, me ha tocado un informativo. Hay días en los que pierdes en el juego de las cuatro esquinas y el único asiento libre me ha enfrentado a la pantalla. Una pantalla sin voz que ha comenzado a agredirme con sus imágenes.
Políticos, como los de siempre, como en aquellos tiempos en los que yo aún veía los noticiarios. Otras caras, diferentes corbatas pero los mismos aspavientos. Diferentes siglas en el muro desde el que mienten pero idéntico desprecio, en su mirada, por la angustia de una sociedad que ve como se le roba el futuro. Jerarcas corruptos, moviendo las fichas del tablero de ajedrez sin importarles, sin pensar siquiera, en la jugada del contrario; conscientes, aquiescentes ante la travesura de cuatro poderosos que se van tragando la realidad y los sueños de los que, cada vez menos, todavía conservamos un poco realidad y un menos de sueños.
Violencia, también como la de antes, pero que ahora ocupa más minutos, mas sangre en la pantalla. Imágenes que, por su crudeza, sólo se nos insinúa para proteger una sensibilidad que ya nadie recuerda. Personas que, a cuerpo descubierto, intentan evitar el sometimiento contra androides con moderno armamento. Marionetas mortales dirigidas por cuellos blancos con poder para arrasar una tierra que nadie heredará.
Lágrimas solitarias que no entienden las razones de los asesinos a granel. Que no pueden perdonar porque nadie se preocupa de enseñarles que la venganza no cicatriza heridas. Muertos inocentes ajenos al falso paraíso de los suicidas. Religiones creadas para unir al hombre y utilizadas para destruir familias. Fuego y humo que se lleva el viento dejando pedazos de lo que una madre llevó en su vientre.
Violencia de barrio silencioso, de vecinos pero extraños. Crímenes con sólo victimas en un solitario apartamento rodeado de ermitaños sordos, indiferentes fingiendo sorpresa.
En ese bullicioso comedor que ignora las sombras que nos amenazan se me atragantan los macarrones. De repente se hace el silencio, la pantalla se llena de camisetas con diferentes rayas, sobre un fondo verde que espera que ruede ese balón, bajo la, entonces sí, atenta mirada de unos ojos sin vida.
Soy un inadaptado pero no puedo con el segundo plato, dejo el billete encima de la mesa y me largo. Para el futuro llevaré siempre un bocadillo preparado, aunque me toque un día comerlo rancio, en un banco frente al mar, o sobre una piedra del camino. Ya no estoy dispuesto a despreciar mi tiempo compartiéndolo con zombis.


Oscar da Cunha
16 de mayo de 2013