lunes, 10 de diciembre de 2012

DANCE ME TO THE END OF LOVE


  ¿Qué edad pueden tener?, ¿veinticinco?, ¡no!, veinte a lo sumo. ¡Qué más da! Esta noche la luna se ha hecho adicta a su amor y ha decidido apagar su luz para proteger su intimidad, ¡egoísta!, los quiere sólo para ella. La vieja farola del parque también colabora con la pareja, regalándoles justo ese rincón de penumbra bajo el que se encuentra su banco. La brisa meridional todavía acerca el sonido del viejo saxo, alguien olvidó cerrar la puerta trasera del club del callejón, o quizá no. ¿Qué importan las horas si también el sauce les protege?
  Entre besos intercambian promesas, comparten sueños que la vida, a veces, intentará convertir en pesadillas, y tendrán que enfrentarse a ellas, y a la vida, manteniendo vivos esos besos y recordando que esta noche tuvo como testigo la caricia de su alma desnuda. Ella sonríe con los ojos húmedos, demasiada felicidad en un solo instante y el temor a que los años marchiten sus ideales. Él, no es aún capaz de adivinar que esa flecha que ahora se está clavando en su corazón compartirá sus canas, y será su salvavidas cuando el barco se hunda por tantas decisiones mal tomadas.
  ¿Y el deseo? Esa poderosa fuerza que tolera que hoy sus manos sean torpes, pausadas, imprudentes ante la inocencia, suavemente las irá adiestrando en las frías noches de invierno para convertirlas en certeras bajo los fuegos de colores. Pasando juntos las hojas del calendario irán aprendiendo que el calor sólo se mantiene añadiendo madera.

  ¿De dónde saco yo un perro a estas horas? No me parece discreto pasear solo por el parque, no hay manera ni forma pero no quiero perderme esos besos; lo que yo daría por disfrutar del brillo de sus miradas y oír sus coplas, si alguna vez yo también tuve veinte años…, si alguna vez yo también estuve en ese banco…
  ¿Te acuerdas? La escena se pierde entre la niebla del tiempo, pero los besos…, aquellos besos los recuerdo enteros, sobre todo el primero, ese fue el más caro. ¿Y las palabras?, tan cálidas, aún no se han borrado de mi corazón, sucede cuando se tallan con la pasión de la voz amada. De las promesas, todavía quedan cuentas pendientes, muchas se perdieron entre tormentas, pero conseguimos salvar las más importantes, con más arrojo las de finales de marzo cuando empezó nuestra primavera. “Baila conmigo hasta el fin del amor”, y esa canción sigue sonando.
  ¡Como has envejecido viejo roble! Ella te acarició aquella noche de junio, cuando a mí me juraba amor eterno mientras yo les daba las gracias a todas las estrellas del pequeño trozo de cielo que nos había sido concedido. Le sequé su joven lágrima con la caricia de mi mejilla, y aún consigo retener la fragancia de ese perfume salado. Bajo tu sombra le ofrecí mi primer “Te quiero amor”, y tú dejaste caer una hoja que siempre me acompaña en mi cartera.
  ¡Y esa moto!, junto a ellos, bajo el sauce. ¿Cómo olvidarla?, yo le pinté esas rayas, ¿seguirá bien ajustada?, nunca arranca en este parque, cuando ella mira su reloj con las horas ya perdidas y el viejo saxo ha dejado de vibrar. El vagabundeo hasta su casa promete los últimos besos, los más profundos, las últimas promesas, las de mañana. Ya de vuelta, basta un guiño culpable para hacerla ronronear.
  A ti, vieja farola, hace casi treinta años que te pedí disculpas. Por la piedra con la que rompí tu bombilla, la que llevaba escritos nuestros nombres, sé que me has perdonado, hoy la veo en su mano, la de la chica del banco, se la guardará en el bolsillo de su chaqueta azul, y al volver a casa abriré el cajón para darle el beso de todas las noches.

  Viejo parque, amigo escondido, no te has dejado dominar, ajeno a los nuevos tiempos sigues siendo el caballero que guarda el misterio de los amores que florecieron bajo tus árboles, de los besos prohibidos bajo tus sombras, de las tímidas caricias con el sol de entre luces. Noches de verano y mediodías de invierno continúan siendo tus cómplices. No permitas que el susurro de mis pisadas sobre la hierba perturbe el mágico momento que esa pareja nunca olvidará; ahora, que al marcharme sin decirte adiós me marco un último baile, todavía la vieja canción sigue sonando.


Oscar da Cunha

10 de diciembre de 2012