domingo, 15 de octubre de 2017

Gracias, Malinowski

Recuerdo sus últimos días. Ninguno imaginábamos que pudieran serlo mientras él lo sabía. No era uno de esos hombres vulgares a los que la muerte viene a buscar. Y ahora estoy convencido de que fue él quien la llamó para imponerle fecha y hora. Sin discutir.
            Después de noventa y un años conocía demasiado mundo y estaba aburrido de sus repeticiones. Y tampoco esperaba mejores versiones de sí mismo.
            Austero, con las palabras medidas y en su sitio. Gestos sólo los necesarios, más los que se le solicitasen, porque él nunca hizo caso de esa voz que bautiza jueces, y prefería entregarse a las intenciones.
            Durante esas fechas sólo me encomendó dos cosas —ya me había perdonado por haberme llevado a su hija—, y adopté su vieja radio. Ella, desde entonces, me cuenta cómo viene el día cuando la exclusiva ya la comparto con los pájaros más tempraneros, y por el oriente del que todos estamos llega el aroma de los primeros cafés. Y el cielo todavía lleno de esa luz discreta que conserva el sueño reciente, el que nos prometemos cuando la mirada se acaba de reiniciar.
            Esta mañana tampoco se enciende al girar el dial. Y en la memoria la indicación de su viejo compañero: «Dos golpecitos suaves, aquí, junto al ojo mágico. Tiene ya las maneras gastadas y hay que despertarla».
            Nada.
            Silencio, e insisto. No me interesa lo que cuenta pero necesito que lo haga ella, desde ese altavoz de otro tiempo con el que consigue que nada me parezca nuevo y yo empiece el día despreocupado. A la versión moderna de los errores antiguos le falta ese punto de responsabilidad de las noticias sin opinadores.
            Prefiero descartar opciones. Reviso la instalación eléctrica de toda la casa y compruebo el alumbrado público, lejano, por el de mi entorno ya me ocupé de que no estuviera. Me resigno, la miro con tristeza y le pido permiso. Es una vieja dama, y con respeto desabrocho por su espalda el acartonado corsé en busca de la válvula fundida. No recuerdo si me queda recambio, tendré que buscarlo en unos de esos cementerios donde las exponen para ser contempladas mientras nos miran tristes, culpables de pertenecer a un borroso pasado que ahora se llama ficción porque parece que nadie vivió en él.
            Pero esa tapa de cartón sale con la compañía de una confidencia. Despego y despliego el papel de estraza. «Viento» de Malinowski asoma con apenas cuarenta pétalos y hoy descubro que me confió mucho más que su radio.
            Ahora entiendo que se había hecho amigo de una resistencia plena, y esa otra de rebajas por final de temporada no le interesaba. Poco le importaron que sus largos paseos se convirtieran en de a pocos, y soportó esa prisión dentro de un cuerpo con demasiado uso encajando los intermedios. Pero a su cabeza no iba a concederle esos desfiles por el paraíso de los lelos.
            Hoy me sorprende con que no sólo se preocupara por la evidencia, su discreto mundo estaba completo de esas inquietudes que encuentran respuesta en ese jeroglífico que se nos va quedando en el pasado. A veces nos miraba con firmeza y sonreía, sin motivo para los de fuera, decía que era la edad, nunca confesó que tenía el interior lleno de conclusiones. Y se mantenía sincero al afirmar que cuidaba de sus gafas para no dejar de manejarse con las herramientas, las de su caja, las que casi no usaba. Porque eran otras de las que hablaba, y las amaba en ese secreto que esconde el papel. Como si él mismo se las hubiera prohibido para disfrutarlas con el dulce sabor del pecado. Y preguntándose cuántas manzanas son herederas de la primera.
            No sé cuándo las descubrió, quizá se lo contara a Malinowski y por eso le dedicó su libro. Ya me inquieta dónde estarán los otros, de los que citaba fragmentos de memoria y añadía por descuido alguna reflexión.
            Los buscaré, Nano, me lo tomaré como un nuevo camino que me has abierto. Tal vez me dejaste la primera pista en el último párrafo que subrayaste. 
Muchas lunas han pasado
desde que dejé tierra firme.
Preferí los peligros de la mar
a la monotonía ciudadana.
… ¿Hasta cuándo resistirá mi precaria balsa
el avanzar y avanzar contra la corriente?
E. J. Malinowski
            Te contaré.

Oscar da Cunha
15 de octubre de 2017