jueves, 27 de junio de 2013

NUNCA ES POR AZAR


Nunca hay que ignorar las señales que nos marcan el camino. A veces, son tan sutiles que nos pasan desapercibidas, la intuición falla y nos dejamos llevar por la rutina de nuestros quehaceres, nuestra realidad se altera sin que hayamos percibido los cambios y achacamos las consecuencias al azar.
El azar no existe, no es el azar quien creó nuestro universo y nos es por azar que nuestra vida, a veces, nos tenga un destino preparado. El revólver sólo se disparará cuando la bala que lleve nuestro nombre esté dentro del tambor, podemos intentarlo mil veces y salir airosos del juego o puede que con sólo un ensayo se apague la luz, pero en ningún caso habrá sido por azar.
En mi argumento no valen las disculpas, siempre he confesado mi posición de voyeur en este casino al que llamamos vida, pero esa maldita carretera tenía demasiadas curvas, mi reloj estaba empeñado en adelantarme y la última campanada del ayuntamiento del pequeño pueblo que acababa de cruzar, sonando al llegas tarde, le añadió presión a mi pata derecha sobre el acelerador.
Aunque fingí ignorarlo, estaba allí, llevaría ya unas horas, seguramente desde antes del amanecer. Fue negro con manchas blancas, tuvo vida antes de que algún desaprensivo…, o tal vez se cruzara con la bala que llevaba su nombre. Pasé a escasos metros de él, ya no era más que el cadáver de un desdichado gato en el borde de un camino que no volvería a recorrer. Lo ignoré utilizando la prisa como coartada pero ningún jurado me absolvería; era la primera señal, y yo, por lo menos, debería haber dedicado unos minutos de tristeza en su memoria.
Por fin, entre curvas, el primer tramo recto, las gomas de mi coche justo acariciaban el asfalto, y yo, con la mirada pendiente en la curva que se asomaba al fondo hacia la izquierda fingí ignorarlo, pero si a alguien no le puedo engañar es a mi sombra, el cráneo de carnero estaba colgado de una valla de maderos y, al pasar junto a él, las cuencas vacías de sus ojos se iluminaron. Pudo ser un efecto del sol que aún estaba bajo. Pudo. Era la segunda señal.
Al frenar levanté una pequeña polvareda que se dispersó rápidamente entre las hojas de los plataneros que circundaban la plaza. Yo no le llamaría pueblo, cuatro casas y una de ellas el bar, por eso nadie se había molestado en cambiar la tierra por asfalto. El barero me confirmó que todavía tendría que esperar un rato, por allí se conocen todos y hablamos de gente de costumbres. Decidí esperar fuera, me gusta el sol de primera hora. 
Era lo único que se movía por allí y la escena no me pareció extraña, el primer vistazo siempre engaña. El niño jugaba con su globo, me costó adivinar que estaba interpretando una danza, un baile ritual, me lo dijo el globo. La memoria forma parte de mis debilidades, cuantas veces he deseado tener una, he visto cientos de niños jugando con globos, pero no recuerdo a ninguno que lo hiciera con uno de color negro, tan negro que ni al elevarse el sol era capaz de atravesar el aire que contenía. Era la tercera señal.
El niño se me acercó con su globo bajo el brazo y sin dirigirme la palabra me señaló un pequeño edificio que yo todavía no había visto; cuatro paredes de piedra, una cruz en lo alto y una  puerta de madera. Tengo muchos defectos y mi curiosidad es tan sólo uno de los más pequeños, por eso probé, el pasador hizo clac y entré. La escasa luz se colaba por dos rendijas laterales, una orientada al norte y la otra al sur, fallos de obra los hay por todas partes. Mis pasos no sonaron sobre las losas del suelo, ya no consigo encontrar zapatos sin suela de goma del mismo número que mi bolsillo. No me tropecé con los bancos aunque todavía mi vista no se acababa de adaptar, no fue el azar, tampoco penséis que soy tan hábil, la realidad decepciona, no había ninguno. Al rato pude verlo, era la única presencia en aquél olvidado templo, clavado en el madero, su cabeza alzada me permitió ver sus ojos envueltos en lágrimas y no sé de ningún maestro imaginero que haya conseguido que éstas continúen hoy deslizándose por sus mejillas.
Conseguí mantenerle la mirada durante unos minutos, pocos, su cabeza cedió con un gesto seco al tiempo que su mano izquierda se desclavó del madero, el golpe de ésta sobre su costado herido, el mismo sonido que el globo negro reventando entre los cuatro muros, la sangre de su llaga alcanzando mi camisa. Después, silencio e inacción.
Atravesé la puerta serenamente, esta vez hacia la luz, no me sorprendió que no hubiera niño, que no hubiera casas ni bar, tampoco estaban los plataneros y, antes de girarme, sabía que no iba a volver a ver ya esa iglesia. Arranqué el coche y volví a mi casa deshaciendo el camino de ida, no había cráneo de carnero en la recta y seguramente alguien había retirado el cadáver del gato. Al llegar, doblé cuidadosamente la camisa manchada de sangre y la quemé aunque era mi preferida, ardió con llama azul y humo blanco. No queda ninguna prueba de lo que os acabo de contar, pero no es por azar.

©Oscar da Cunha
27 de Junio de 2013